Hoy finaliza el "horario de verano"
Imagen tomada de Ana Sender http://www.flickr.com/photos/anasender/3282118983/
sábado, 26 de octubre de 2013
jueves, 19 de septiembre de 2013
¿Y si no abro los ojos? de Ana García Bergua
¿Y si no abro los ojos? No sé cuántas horas dormí, con sueños extraños, de gente disfrazada diciendo parlamentos como en un teatro. Luego el sueño acabó. Durante un tiempo oí el piar de los pájaros en medio de la oscuridad, luego sentí a Adela levantarse, la cama dejó de estar hundida de su lado, yo me sentí ligero, muy ligero, y sin el calor de Adela las sábanas se refrescaron poco a poco. Sólo sentía la oscuridad, el olor del café que llegaba hasta aquí desde la cocina, y el rumor de Adela lavando platos, moviendo muebles, caminando por la casa con sus pantuflas que producen una especie de silbido al arrastrarse por el suelo. Después desperté. Pero no quiero abrir los ojos, aun cuando siento en los párpados la claridad del día, una claridad de color rojo, con luces y manchas amarillas. Quisiera que el sueño me ganara otra vez, volver a hundirme en él, pero es imposible; una vez despierto, yo vivo despierto y abro los ojos. Sin embargo esta mañana parece que yo no soy yo.
¿Y si llega Adela a despertarme y no abro los ojos? Sé que pronto sonará el despertador y como siempre Adela volverá de la cocina y sentiré las pantuflas acercarse y luego el bulto de su cuerpo junto a mí, caliente, y su mano que me acariciará el pelo y me dirá Rubén, ya despiértate, ya sonaron las siete y media. Pero yo me aferraré a mi respiración y sólo querré que a través de los párpados no se vea más que oscuro, oscuro, y el nerviosismo me hará sonreír, pero me controlaré lo mejor que pueda, y además es fácil no abrir los ojos, los párpados pesan naturalmente, se resisten. Y Adela insiste Rubén, Rubén, que llegas tarde, luego no te da tiempo de desayunar. Yo ya estoy ahí, en ese momento, ya lo hice, no he abierto los ojos y temo que Adela se enfurecería si supiera que esto es una comedia. ¿Por qué haces una comedia?, preguntaría, ¿qué ya no me quieres?, ¿crees que soy tu mamá?, ¿por qué juegas? Y no podría explicarle que no es un juego, sino algo que debo hacer, o quizá algo que no quiero hacer. Mientras Adela me sacude, grita Rubén, Rubén, sé que duda un momento, como si sospechara que hago como los niños, pero nunca me he comportado como un niño ante ella, de modo que decide insistir, y aun así yo no abro los ojos. Su mano me toca, siente mi corazón, acerca su boca a mi boca para ver si respiro, está preocupada. Y yo quisiera decirle que no se asuste, que sólo estoy con los ojos cerrados, pero quizá sería peor, me preguntaría ¿por qué me haces esto? Y me acusaría de crueldad. Tiene razón, es cruel lo que estoy haciendo, y lo sé mientras ella me sacude violentamente, tan preocupada está que no se le ocurre hacerme cosquillas, quizá con eso echaría a reír y todo esto se acabaría.
Las pantuflas de deslizan afuera de la habitación con rapidez. A lo lejos ella marca el teléfono. Yo siento otra vez el frescor de estar solo en la cama de día, como cuando era pequeño y me quedaba en la cama enfermo, el ruido de los autos que pasan, ruidos del día que comienza, los niños del edificio salen a la escuela, las madres los apuran, calientan los motores de los autos, el cartero toca su silbato y el portero comienza a barrer la acera y a regar la bugambilia que adorna el edificio. Yo no he abierto los ojos. Esta ceguera me gusta, el mundo del oído y la nariz, sin decir nada. Me invade un sopor agradable y pruebo a sentir cómo se escucha mi respiración pausada primero, después un poco más agitada, después rápida, contra los ruidos de los autos y las voces y el piar de los pájaros. No me he dado cuenta de que regresó Adela y otra vez me toca, seguramente me vio respirar de esas maneras y me dice Rubén, despierta, Rubén, ¿qué te pasa? y torpemente me levanta un párpado con el pulgar, pero me lastima con la uña, yo cierro más los ojos, me hundo, en realidad no quisiera salir de aquí. No sé dónde estoy. Adela se vuelve a ir, suena el teléfono, habla con angustia, casi grita. Quizá debería abrir los ojos.
Quisiera abrir los ojos, pero ya es demasiado tarde. Han tocado al timbre. Luego escucho pasos que se acercan y la voz de Adela y de un hombre que habla igual que el doctor Piedra. Creo que lo mejor es permanecer con los ojos cerrados, por no poner en ridículo a Adela. Si abriera ahora los ojos, la haría quedar como una loca. Además, no los quiero abrir. El doctor usa una de esas colonias que no me pongo yo jamás, Adela dice que son de muy mal gusto. Casi lo puedo ver, perfumado, oloroso a traje recién puesto, a hombre bañado. Es raro, siento miedo de lo que pasaría si abriera los ojos y me encontrara con su mirada penetrante, ésa con la que siempre escarba en uno. ¿Le duele aquí?, pregunta, y a uno le empieza a doler justo donde lo ha mirado. Adela me sacude frente a él, me grita, me zarandea, luego dice ¿ve, doctor?, no sé qué le pasa, algo tiene. El doctor le pide permiso para acercarse, se sienta en la cama junto a mí y la inclina mucho de su lado, un poco más de lo que la inclina Adela. Me da miedo resbalar, caerme, y hago un esfuerzo por tensar el cuerpo y sostenerme sin que se dé cuenta. Me siento extraño entre el calor de Adela y al frescor del doctor Piedra y de repente me pregunto si Adela seguirá en bata, cómo ha de estar preocupada para no haberse cambiado, y quisiera verla pero no quiero abrir los ojos. Tengo miedo de que me descubran, de lanzar una risotada nerviosa. Respiro para no contraer el rostro y todo el cuerpo me tiembla. Adela le dice: mire, empezó a temblar, antes no estaba así. El doctor Piedra me toma la presión, me levanta los párpados, le pide a Adela que me desabroche la camisa del piyama para escucharme el corazón. Después me abre la boca y me pone un termómetro. Mientras esperan a que se marque la temperatura, el doctor le dice que todo esto es muy raro porque estoy perfectamente. Tengo signos incluso de estar despierto. ¿No padezco narcolepsia? No. ¿Soy bromista? No. Ni siquiera el día de los inocentes hago bromas. El doctor se levanta por fin. Me alivia que me restituya el peso de la cama. Me alivia que salgan de la habitación. Una vecina conversa con alguien afuera de la ventana. Luego duermo.
Otra vez me zarandea Adela, no sé cuánto dormí. Tuve unos sueños curiosos, con animales. De seguir así, sólo podré volver a ver en sueños. El resto me lo puedo imaginar, gracias a la costumbre. Ya no pienso en abrir los ojos. El que se despertó esta vez ya no es el que los abre, no debería insistir. El sopor me gusta tanto que podría seguir durmiendo, decido seguir durmiendo, pero no me dejan. Adela habla con alguien más, entre la bruma del sueño me doy cuenta de que hay alguien en la habitación, luego voy sintiendo claramente que se trata de mi hermano Juan. Juan tiene un olor característico, una presencia que conozco. Desde que éramos niños no había vuelto a estar con Juan en mi habitación, es decir, yo acostado y él de pie. Hace muchos años que nadie me visita cuando estoy enfermo, a lo mucho me hablan por teléfono. Juan tiene una voz aguda y de niño me parecía muy chistoso. Juan se acerca y me sacude de nuevo. Ya no deberían sacudirme. Juan dice que a poco, que si no se estará haciendo, y yo casi puedo ver la expresión consternada de Adela. Rubén no es así, estoy asustada. Luego salen de la habitación. Los escucho hablar en el pasillo. Hablan de darme de comer, de beber. No se me había ocurrido pensar en eso, no quisiera que hablaran de comer ni de beber, porque me dará hambre. Ya me dieron ganas de ir al baño. Me voy a aguantar. Ya me ha ocurrido otras veces, de tanto tener ganas se terminan por quitar. Es cosa de resistir el hambre, la sed, las ganas de todo, cerrando los ojos y durmiendo. ¿Qué irán a decidir hacer conmigo? Suena el teléfono, Adela contesta, vuelve a sonar, sólo la oigo decir nada, nada, todavía no. Me tiemblan los párpados, lo puedo sentir. Huele a comida, seguro Juan y Adela comieron mientras yo dormía.
Ahora sonó el timbre, es el papá de Adela, tiene la voz ronca. Otra vez suena, es mi hermana Concha. Adela los conduce a la habitación. Ya no escucho sus pantuflas, supongo que se habrá bañado y cambiado por fin de ropa mientras yo dormía, menos mal. Mi suegro y mi hermana menor me espían desde la puerta de la habitación. Adela les pide que prueben a sacudirme. Rubén, Rubén, me llaman. Concha me da un beso en la mejilla. Siento sus labios húmedos y cremosos del bilet rojo que siempre se pone. Lo hace para parecer más joven. Me dice hermanito, por favor despiértate. Luego viene Juan, está toda la familia rodeándome y yo no sé si debería abrir los ojos, pero siento miedo de su enojo, cómo se enfurecerían por hacerles pasar por esto, abandonar sus obligaciones para venir a verme y yo dedicado a los fingimientos. En realidad, ahora son todos ellos quienes me impiden abrir los ojos. Concha y Juan se sientan en la cama. Siento cada vez más ganas de orinar, pero aprieto y resisto lo mejor que puedo, tiemblo un poco. Concha pregunta, ¿por qué tiembla? No sé, dice Adela, a ratos lo hace. Bueno, ¿entonces qué vamos a hacer?, pregunta mi suegro. Todos salen al comedor. Sólo escucho el fondo de sus conversaciones. Juan estaba comiendo un pan dulce, dejó la habitación oliendo a azúcar. Ya siento hambre, pero no voy a abrir los ojos. De repente, Adela regresa y abre la ventana. Le agradezco el gesto, que limpia el ambiente de colonias, cigarrillos, el pan de mi hermano. Se abraza contra mí; su cara está mojada. Quisiera decirle que estoy bien, que no debe preocuparse.
Es un alivio estar solo otra vez. Hace un rato, mientras todos estaban aquí, oí a los pájaros llamarse para dormir, pero ahora no se escuchan. Ya debe ser tarde, silba un camotero. Está empezando a llover, a lo lejos se oyen los cláxones en la avenida, se van a formar embotellamientos con la lluvia. Pasan cada vez más autos por nuestra calle y el vecino de arriba se está bañando. Si aguzo el oído, llegará hasta mí el tintineo de los cubiertos de los vecinos a la hora de cenar, es algo que siempre me ha gustado, el rumor de las conversaciones y los tintineos. La familia toma café allá afuera, en casa hay un silencio extraño. Quizá están cansados de esperar a que abra los ojos. Por suerte ya se me pasaron las ganas de orinar. No he sentido hambre en todo el día, el sueño me la quita, quizá un poco de sed. Es agradable sentir los párpados oscuros.
Otra vez sonó el timbre, ¿quién más podrá ser? Hace un rato escuché que alguien se iba, yo creo que era mi suegro. Por aquí, dice Adela. Vienen varias personas, mueven algo metálico, huele a desinfectante. Con cuidado, dice Adela, y me destapa violentamente, no sé cómo hago para no reaccionar, el sopor y el tiempo me han vuelto descuidado, podría abrir los ojos sin pensar. Pero ya no se abren. Han puesto algo de metal junto a mí, sobre la cama. Hay voces de hombre, jóvenes, y de repente unos brazos bastante fuertes me cargan, me colocan sobre una plancha, me tapan con una cobija, me atan con correas. Luego me levantan. Probablemente esto está llegando lejos, ¿hasta dónde podrá llegar? Me llevan cargando por el pasillo, paso junto a mis hermanos que están en el comedor. Escucho cómo agarran todos sus llaves, sus abrigos, van a salir todos conmigo y la casa quedará vacía. Es difícil bajarme por la escalera, pues es muy estrecha; los jóvenes, aun así, lo van haciendo con habilidad. Quizá debería abrir los ojos, me reprocharían todos el gasto de los camilleros, la ambulancia, qué clase de broma es esta, me dirían. Ya ni siquiera sé si puedo abrir los ojos, me da miedo probar a hacerlo y no poder. Estamos dando tumbos, siento la lluvia que me cae al salir del edificio, las luces de la ambulancia girando frente al portón. Entonces me orino en la camilla.
Cuento publicado en el libro Edificio editado por Páginas de Espuma, 2010.
¿Y si llega Adela a despertarme y no abro los ojos? Sé que pronto sonará el despertador y como siempre Adela volverá de la cocina y sentiré las pantuflas acercarse y luego el bulto de su cuerpo junto a mí, caliente, y su mano que me acariciará el pelo y me dirá Rubén, ya despiértate, ya sonaron las siete y media. Pero yo me aferraré a mi respiración y sólo querré que a través de los párpados no se vea más que oscuro, oscuro, y el nerviosismo me hará sonreír, pero me controlaré lo mejor que pueda, y además es fácil no abrir los ojos, los párpados pesan naturalmente, se resisten. Y Adela insiste Rubén, Rubén, que llegas tarde, luego no te da tiempo de desayunar. Yo ya estoy ahí, en ese momento, ya lo hice, no he abierto los ojos y temo que Adela se enfurecería si supiera que esto es una comedia. ¿Por qué haces una comedia?, preguntaría, ¿qué ya no me quieres?, ¿crees que soy tu mamá?, ¿por qué juegas? Y no podría explicarle que no es un juego, sino algo que debo hacer, o quizá algo que no quiero hacer. Mientras Adela me sacude, grita Rubén, Rubén, sé que duda un momento, como si sospechara que hago como los niños, pero nunca me he comportado como un niño ante ella, de modo que decide insistir, y aun así yo no abro los ojos. Su mano me toca, siente mi corazón, acerca su boca a mi boca para ver si respiro, está preocupada. Y yo quisiera decirle que no se asuste, que sólo estoy con los ojos cerrados, pero quizá sería peor, me preguntaría ¿por qué me haces esto? Y me acusaría de crueldad. Tiene razón, es cruel lo que estoy haciendo, y lo sé mientras ella me sacude violentamente, tan preocupada está que no se le ocurre hacerme cosquillas, quizá con eso echaría a reír y todo esto se acabaría.
Las pantuflas de deslizan afuera de la habitación con rapidez. A lo lejos ella marca el teléfono. Yo siento otra vez el frescor de estar solo en la cama de día, como cuando era pequeño y me quedaba en la cama enfermo, el ruido de los autos que pasan, ruidos del día que comienza, los niños del edificio salen a la escuela, las madres los apuran, calientan los motores de los autos, el cartero toca su silbato y el portero comienza a barrer la acera y a regar la bugambilia que adorna el edificio. Yo no he abierto los ojos. Esta ceguera me gusta, el mundo del oído y la nariz, sin decir nada. Me invade un sopor agradable y pruebo a sentir cómo se escucha mi respiración pausada primero, después un poco más agitada, después rápida, contra los ruidos de los autos y las voces y el piar de los pájaros. No me he dado cuenta de que regresó Adela y otra vez me toca, seguramente me vio respirar de esas maneras y me dice Rubén, despierta, Rubén, ¿qué te pasa? y torpemente me levanta un párpado con el pulgar, pero me lastima con la uña, yo cierro más los ojos, me hundo, en realidad no quisiera salir de aquí. No sé dónde estoy. Adela se vuelve a ir, suena el teléfono, habla con angustia, casi grita. Quizá debería abrir los ojos.
Quisiera abrir los ojos, pero ya es demasiado tarde. Han tocado al timbre. Luego escucho pasos que se acercan y la voz de Adela y de un hombre que habla igual que el doctor Piedra. Creo que lo mejor es permanecer con los ojos cerrados, por no poner en ridículo a Adela. Si abriera ahora los ojos, la haría quedar como una loca. Además, no los quiero abrir. El doctor usa una de esas colonias que no me pongo yo jamás, Adela dice que son de muy mal gusto. Casi lo puedo ver, perfumado, oloroso a traje recién puesto, a hombre bañado. Es raro, siento miedo de lo que pasaría si abriera los ojos y me encontrara con su mirada penetrante, ésa con la que siempre escarba en uno. ¿Le duele aquí?, pregunta, y a uno le empieza a doler justo donde lo ha mirado. Adela me sacude frente a él, me grita, me zarandea, luego dice ¿ve, doctor?, no sé qué le pasa, algo tiene. El doctor le pide permiso para acercarse, se sienta en la cama junto a mí y la inclina mucho de su lado, un poco más de lo que la inclina Adela. Me da miedo resbalar, caerme, y hago un esfuerzo por tensar el cuerpo y sostenerme sin que se dé cuenta. Me siento extraño entre el calor de Adela y al frescor del doctor Piedra y de repente me pregunto si Adela seguirá en bata, cómo ha de estar preocupada para no haberse cambiado, y quisiera verla pero no quiero abrir los ojos. Tengo miedo de que me descubran, de lanzar una risotada nerviosa. Respiro para no contraer el rostro y todo el cuerpo me tiembla. Adela le dice: mire, empezó a temblar, antes no estaba así. El doctor Piedra me toma la presión, me levanta los párpados, le pide a Adela que me desabroche la camisa del piyama para escucharme el corazón. Después me abre la boca y me pone un termómetro. Mientras esperan a que se marque la temperatura, el doctor le dice que todo esto es muy raro porque estoy perfectamente. Tengo signos incluso de estar despierto. ¿No padezco narcolepsia? No. ¿Soy bromista? No. Ni siquiera el día de los inocentes hago bromas. El doctor se levanta por fin. Me alivia que me restituya el peso de la cama. Me alivia que salgan de la habitación. Una vecina conversa con alguien afuera de la ventana. Luego duermo.
Otra vez me zarandea Adela, no sé cuánto dormí. Tuve unos sueños curiosos, con animales. De seguir así, sólo podré volver a ver en sueños. El resto me lo puedo imaginar, gracias a la costumbre. Ya no pienso en abrir los ojos. El que se despertó esta vez ya no es el que los abre, no debería insistir. El sopor me gusta tanto que podría seguir durmiendo, decido seguir durmiendo, pero no me dejan. Adela habla con alguien más, entre la bruma del sueño me doy cuenta de que hay alguien en la habitación, luego voy sintiendo claramente que se trata de mi hermano Juan. Juan tiene un olor característico, una presencia que conozco. Desde que éramos niños no había vuelto a estar con Juan en mi habitación, es decir, yo acostado y él de pie. Hace muchos años que nadie me visita cuando estoy enfermo, a lo mucho me hablan por teléfono. Juan tiene una voz aguda y de niño me parecía muy chistoso. Juan se acerca y me sacude de nuevo. Ya no deberían sacudirme. Juan dice que a poco, que si no se estará haciendo, y yo casi puedo ver la expresión consternada de Adela. Rubén no es así, estoy asustada. Luego salen de la habitación. Los escucho hablar en el pasillo. Hablan de darme de comer, de beber. No se me había ocurrido pensar en eso, no quisiera que hablaran de comer ni de beber, porque me dará hambre. Ya me dieron ganas de ir al baño. Me voy a aguantar. Ya me ha ocurrido otras veces, de tanto tener ganas se terminan por quitar. Es cosa de resistir el hambre, la sed, las ganas de todo, cerrando los ojos y durmiendo. ¿Qué irán a decidir hacer conmigo? Suena el teléfono, Adela contesta, vuelve a sonar, sólo la oigo decir nada, nada, todavía no. Me tiemblan los párpados, lo puedo sentir. Huele a comida, seguro Juan y Adela comieron mientras yo dormía.
Ahora sonó el timbre, es el papá de Adela, tiene la voz ronca. Otra vez suena, es mi hermana Concha. Adela los conduce a la habitación. Ya no escucho sus pantuflas, supongo que se habrá bañado y cambiado por fin de ropa mientras yo dormía, menos mal. Mi suegro y mi hermana menor me espían desde la puerta de la habitación. Adela les pide que prueben a sacudirme. Rubén, Rubén, me llaman. Concha me da un beso en la mejilla. Siento sus labios húmedos y cremosos del bilet rojo que siempre se pone. Lo hace para parecer más joven. Me dice hermanito, por favor despiértate. Luego viene Juan, está toda la familia rodeándome y yo no sé si debería abrir los ojos, pero siento miedo de su enojo, cómo se enfurecerían por hacerles pasar por esto, abandonar sus obligaciones para venir a verme y yo dedicado a los fingimientos. En realidad, ahora son todos ellos quienes me impiden abrir los ojos. Concha y Juan se sientan en la cama. Siento cada vez más ganas de orinar, pero aprieto y resisto lo mejor que puedo, tiemblo un poco. Concha pregunta, ¿por qué tiembla? No sé, dice Adela, a ratos lo hace. Bueno, ¿entonces qué vamos a hacer?, pregunta mi suegro. Todos salen al comedor. Sólo escucho el fondo de sus conversaciones. Juan estaba comiendo un pan dulce, dejó la habitación oliendo a azúcar. Ya siento hambre, pero no voy a abrir los ojos. De repente, Adela regresa y abre la ventana. Le agradezco el gesto, que limpia el ambiente de colonias, cigarrillos, el pan de mi hermano. Se abraza contra mí; su cara está mojada. Quisiera decirle que estoy bien, que no debe preocuparse.
Es un alivio estar solo otra vez. Hace un rato, mientras todos estaban aquí, oí a los pájaros llamarse para dormir, pero ahora no se escuchan. Ya debe ser tarde, silba un camotero. Está empezando a llover, a lo lejos se oyen los cláxones en la avenida, se van a formar embotellamientos con la lluvia. Pasan cada vez más autos por nuestra calle y el vecino de arriba se está bañando. Si aguzo el oído, llegará hasta mí el tintineo de los cubiertos de los vecinos a la hora de cenar, es algo que siempre me ha gustado, el rumor de las conversaciones y los tintineos. La familia toma café allá afuera, en casa hay un silencio extraño. Quizá están cansados de esperar a que abra los ojos. Por suerte ya se me pasaron las ganas de orinar. No he sentido hambre en todo el día, el sueño me la quita, quizá un poco de sed. Es agradable sentir los párpados oscuros.
Otra vez sonó el timbre, ¿quién más podrá ser? Hace un rato escuché que alguien se iba, yo creo que era mi suegro. Por aquí, dice Adela. Vienen varias personas, mueven algo metálico, huele a desinfectante. Con cuidado, dice Adela, y me destapa violentamente, no sé cómo hago para no reaccionar, el sopor y el tiempo me han vuelto descuidado, podría abrir los ojos sin pensar. Pero ya no se abren. Han puesto algo de metal junto a mí, sobre la cama. Hay voces de hombre, jóvenes, y de repente unos brazos bastante fuertes me cargan, me colocan sobre una plancha, me tapan con una cobija, me atan con correas. Luego me levantan. Probablemente esto está llegando lejos, ¿hasta dónde podrá llegar? Me llevan cargando por el pasillo, paso junto a mis hermanos que están en el comedor. Escucho cómo agarran todos sus llaves, sus abrigos, van a salir todos conmigo y la casa quedará vacía. Es difícil bajarme por la escalera, pues es muy estrecha; los jóvenes, aun así, lo van haciendo con habilidad. Quizá debería abrir los ojos, me reprocharían todos el gasto de los camilleros, la ambulancia, qué clase de broma es esta, me dirían. Ya ni siquiera sé si puedo abrir los ojos, me da miedo probar a hacerlo y no poder. Estamos dando tumbos, siento la lluvia que me cae al salir del edificio, las luces de la ambulancia girando frente al portón. Entonces me orino en la camilla.
Cuento publicado en el libro Edificio editado por Páginas de Espuma, 2010.
sábado, 7 de septiembre de 2013
Axolotl por Julio Cortázar
Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.
El azar me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que París abría su cola de pavo real después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port Royal, tomé St. Marcel y L’Hôpital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los leones. Era amigo de los leones y las panteras, pero nunca había entrado en el húmedo y oscuro edificio de los acuarios. Dejé mi bicicleta contra las rejas y fui a ver los tulipanes. Los leones estaban feos y tristes y mi pantera dormía. Opté por los acuarios, soslayé peces vulgares hasta dar inesperadamente con los axolotl. Me quedé una hora mirándolos, y salí incapaz de otra cosa.
En la biblioteca Saint-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género amblistoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario. Leí que se han encontrado ejemplares en África capaces de vivir en tierra durante los períodos de sequía, y que continúan su vida en el agua al llegar la estación de las lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la mención de que son comestibles y que su aceite se usaba (se diría que no se usa más) como el de hígado de bacalao.
No quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardin des Plantes. Empecé a ir todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El guardián de los acuarios sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en la barra de hierro que bordea los acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada de extraño en esto porque desde un primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos. Me había bastado detenerme aquella primera mañana ante el cristal donde unas burbujas corrían en el agua. Los axolotl se amontonaban en el mezquino y angosto (sólo yo puedo saber cuán angosto y mezquino) piso de piedra y musgo del acuario. Había nueve ejemplares y la mayoría apoyaba la cabeza contra el cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban. Turbado, casi avergonzado, sentí como una impudicia asomarme a esas figuras silenciosas e inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario. Aislé mentalmente una situada a la derecha y algo separada de las otras para estudiarla mejor. Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso), semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros, terminado en una cola de pez de una delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo. Por el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su cara, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior. Un delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y los inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente triangular pero con lados curvos e irregulares, que le daban una total semejanza con una estatuilla corroída por el tiempo. La boca estaba disimulada por el plano triangular de la cara, sólo de perfil se adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina hendedura rasgaba apenas la piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran debido estar las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral, una excrescencia vegetal, las branquias supongo. Y era lo único vivo en él, cada diez o quince segundos las ramitas se enderezaban rígidamente y volvían a bajarse. A veces una pata se movía apenas, yo veía los diminutos dedos posándose con suavidad en el musgo. Es que no nos gusta movernos mucho, y el acuario es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades, peleas, fatiga. El tiempo se siente menos si nos estamos quietos.
Fue su quietud la que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las branquias, el tanteo de las finas patas en las piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple ondulación del cuerpo) me probó que eran capaz de evadirse de ese sopor mineral en el que pasaban horas enteras. Sus ojos sobre todo me obsesionaban. Al lado de ellos en los restantes acuarios, diversos peces me mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos semejantes a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el guardián tosía inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos, esa entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las criaturas rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus caras no se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su dulce, terrible luz; seguían mirándome desde una profundidad insondable que me daba vértigo.
Y sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe el día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de un mono revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de ellos a nosotros. La absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser humano me probó que mi reconocimiento era válido, que no me apoyaba en analogías fáciles. Sólo las manecitas... Pero una lagartija tiene también manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la cabeza de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojitos de oro. Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No erananimales.
Parecía fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: «Sálvanos, sálvanos». Me sorprendía musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos seguían mirándome inmóviles; de pronto las ramillas rosadas de las branquias se enderezaban. En ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal había encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos, había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva quiere decir máscara y también fantasma. Detrás de esas caras aztecas inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable, ¿qué imagen esperaba su hora?
Les temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del guardián, no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. «Usted se los come con los ojos», me decía riendo el guardián, que debía suponerme un poco desequilibrado. No se daba cuenta de que eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos en un canibalismo de oro. Lejos del acuario no hacía mas que pensar en ellos, era como si me influyeran a distancia. Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la oscuridad, adelantando lentamente una mano que de pronto encontraba la de otro. Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día continuaba para ellos indefinidamente. Los ojos de los axolotl no tienen párpados.
Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana al inclinarme sobre el acuario el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de mi cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua. Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl. No era posible que una expresión tan terrible que alcanzaba a vencer la inexpresividad forzada de sus rostros de piedra, no portara un mensaje de dolor, la prueba de esa condena eterna, de ese infierno líquido que padecían. Inútilmente quería probarme que mi propia sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez mas de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de una axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.
Sólo una cosa era extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino. Afuera mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl. Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era posible. Él estaba fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento fuera del acuario. Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un axolotl y estaba en mi mundo. El horror venía -lo supe en el mismo momento- de creerme prisionero en un cuerpo de axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl, condenado a moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario.
Él volvió muchas veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo vi, me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba tanto por nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es pensar, pude pensar mucho en él. Se me ocurre que al principio continuamos comunicados, que él se sentía más que nunca unido al misterio que lo obsesionaba. Pero los puentes están cortados entre él y yo porque lo que era su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de hombre. Creo que al principio yo era capaz de volver en cierto modo a él -ah, sólo en cierto modo-, y mantener alerta su deseo de conocernos mejor. Ahora soy definitivamente un axolotl, y si pienso como un hombre es sólo porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su imagen de piedra rosa. Me parece que de todo esto alcancé a comunicarle algo en los primeros días, cuando yo era todavía él. Y en esta soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los axolotl.
El azar me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que París abría su cola de pavo real después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port Royal, tomé St. Marcel y L’Hôpital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los leones. Era amigo de los leones y las panteras, pero nunca había entrado en el húmedo y oscuro edificio de los acuarios. Dejé mi bicicleta contra las rejas y fui a ver los tulipanes. Los leones estaban feos y tristes y mi pantera dormía. Opté por los acuarios, soslayé peces vulgares hasta dar inesperadamente con los axolotl. Me quedé una hora mirándolos, y salí incapaz de otra cosa.
En la biblioteca Saint-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género amblistoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario. Leí que se han encontrado ejemplares en África capaces de vivir en tierra durante los períodos de sequía, y que continúan su vida en el agua al llegar la estación de las lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la mención de que son comestibles y que su aceite se usaba (se diría que no se usa más) como el de hígado de bacalao.
No quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardin des Plantes. Empecé a ir todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El guardián de los acuarios sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en la barra de hierro que bordea los acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada de extraño en esto porque desde un primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos. Me había bastado detenerme aquella primera mañana ante el cristal donde unas burbujas corrían en el agua. Los axolotl se amontonaban en el mezquino y angosto (sólo yo puedo saber cuán angosto y mezquino) piso de piedra y musgo del acuario. Había nueve ejemplares y la mayoría apoyaba la cabeza contra el cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban. Turbado, casi avergonzado, sentí como una impudicia asomarme a esas figuras silenciosas e inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario. Aislé mentalmente una situada a la derecha y algo separada de las otras para estudiarla mejor. Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso), semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros, terminado en una cola de pez de una delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo. Por el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su cara, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior. Un delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y los inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente triangular pero con lados curvos e irregulares, que le daban una total semejanza con una estatuilla corroída por el tiempo. La boca estaba disimulada por el plano triangular de la cara, sólo de perfil se adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina hendedura rasgaba apenas la piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran debido estar las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral, una excrescencia vegetal, las branquias supongo. Y era lo único vivo en él, cada diez o quince segundos las ramitas se enderezaban rígidamente y volvían a bajarse. A veces una pata se movía apenas, yo veía los diminutos dedos posándose con suavidad en el musgo. Es que no nos gusta movernos mucho, y el acuario es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades, peleas, fatiga. El tiempo se siente menos si nos estamos quietos.
Fue su quietud la que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las branquias, el tanteo de las finas patas en las piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple ondulación del cuerpo) me probó que eran capaz de evadirse de ese sopor mineral en el que pasaban horas enteras. Sus ojos sobre todo me obsesionaban. Al lado de ellos en los restantes acuarios, diversos peces me mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos semejantes a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el guardián tosía inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos, esa entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las criaturas rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus caras no se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su dulce, terrible luz; seguían mirándome desde una profundidad insondable que me daba vértigo.
Y sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe el día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de un mono revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de ellos a nosotros. La absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser humano me probó que mi reconocimiento era válido, que no me apoyaba en analogías fáciles. Sólo las manecitas... Pero una lagartija tiene también manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la cabeza de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojitos de oro. Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No erananimales.
Parecía fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: «Sálvanos, sálvanos». Me sorprendía musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos seguían mirándome inmóviles; de pronto las ramillas rosadas de las branquias se enderezaban. En ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal había encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos, había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva quiere decir máscara y también fantasma. Detrás de esas caras aztecas inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable, ¿qué imagen esperaba su hora?
Les temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del guardián, no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. «Usted se los come con los ojos», me decía riendo el guardián, que debía suponerme un poco desequilibrado. No se daba cuenta de que eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos en un canibalismo de oro. Lejos del acuario no hacía mas que pensar en ellos, era como si me influyeran a distancia. Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la oscuridad, adelantando lentamente una mano que de pronto encontraba la de otro. Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día continuaba para ellos indefinidamente. Los ojos de los axolotl no tienen párpados.
Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana al inclinarme sobre el acuario el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de mi cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua. Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl. No era posible que una expresión tan terrible que alcanzaba a vencer la inexpresividad forzada de sus rostros de piedra, no portara un mensaje de dolor, la prueba de esa condena eterna, de ese infierno líquido que padecían. Inútilmente quería probarme que mi propia sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez mas de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de una axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.
Sólo una cosa era extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino. Afuera mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl. Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era posible. Él estaba fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento fuera del acuario. Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un axolotl y estaba en mi mundo. El horror venía -lo supe en el mismo momento- de creerme prisionero en un cuerpo de axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl, condenado a moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario.
Él volvió muchas veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo vi, me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba tanto por nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es pensar, pude pensar mucho en él. Se me ocurre que al principio continuamos comunicados, que él se sentía más que nunca unido al misterio que lo obsesionaba. Pero los puentes están cortados entre él y yo porque lo que era su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de hombre. Creo que al principio yo era capaz de volver en cierto modo a él -ah, sólo en cierto modo-, y mantener alerta su deseo de conocernos mejor. Ahora soy definitivamente un axolotl, y si pienso como un hombre es sólo porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su imagen de piedra rosa. Me parece que de todo esto alcancé a comunicarle algo en los primeros días, cuando yo era todavía él. Y en esta soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los axolotl.
La primera versión del cuento "Axolotl" se publicó en el primer número de la revista Buenos Aires Literaria, en octubre de 1952. Después formó parte de la colección de relatos Final del juego, publicada en México en 1956.
...Para Cortázar los axolotes son la representación viva de la alteridad radical, en la que incluso el narrador sepulta su propia individualidad. Hoy en día en el Jardin des Plantes de París ya no hay axolotes. (texto de Roger Bartra, Axolotiada. FCE, 2011; pg.281 y ss)
miércoles, 7 de agosto de 2013
Yoga en el Centro Budista de Cuernavaca
Iniciamos clases de yoga en el Centro Budista de Cuernavaca.
Miércoles 7pm
Jueves 9:30 am
No es necesario inscribirse, sólo trae ropa cómoda.
Donativo $50
Abasolo #4 Col Centro. Cuernavaca.
Miércoles 7pm
Jueves 9:30 am
No es necesario inscribirse, sólo trae ropa cómoda.
Donativo $50
Abasolo #4 Col Centro. Cuernavaca.
lunes, 5 de agosto de 2013
I wonder, Sixto Rodriguez (1971) Album Cold Fact
I wonder how many times you've been had
And I wonder how many plans have gone bad
I wonder how many times you had sex
And I wonder do you know who'll be next
I wonder I wonder wonder I do
I wonder about the love you can't find
And I wonder about the loneliness that's mine
I wonder how much going have you got
And I wonder about your friends that are not
I wonder I wonder wonder I do
I wonder about the tears in children's eyes
And I wonder about the soldier that dies
I wonder will this hatred ever end
I wonder and worry my friend
I wonder I wonder wonder don't you?
I wonder how many times you been had
And I wonder how many dreams have gone bad
I wonder how many times you had sex
And I wonder do you know who'll be next
I wonder I wonder wonder I do
And I wonder how many plans have gone bad
I wonder how many times you had sex
And I wonder do you know who'll be next
I wonder I wonder wonder I do
I wonder about the love you can't find
And I wonder about the loneliness that's mine
I wonder how much going have you got
And I wonder about your friends that are not
I wonder I wonder wonder I do
I wonder about the tears in children's eyes
And I wonder about the soldier that dies
I wonder will this hatred ever end
I wonder and worry my friend
I wonder I wonder wonder don't you?
I wonder how many times you been had
And I wonder how many dreams have gone bad
I wonder how many times you had sex
And I wonder do you know who'll be next
I wonder I wonder wonder I do
jueves, 1 de agosto de 2013
La gallina degollada (Horacio Quiroga)
Todo el día, sentados en el patio, en un banco estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos, y volvían la cabeza con la boca abierta.
El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida.
El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida.
Otra veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.
El mayor tenía doce años y el menor, ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.
Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo. ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?
Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres.Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.
—¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito.
El padre, desolado, acompañó al médico afuera.
—A usted se le puede decir: creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá.—¡Sí!... ¡Sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que...?
—En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar detenidamente.
Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente el segundo hijo amanecía idiota.
Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!
Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores.
Mas por encima de su inmensa amargura quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo, abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más.
Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad.
No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores.
Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba.
—Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos—que podrías tener más limpios a los muchachos.
Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.
El mayor tenía doce años y el menor, ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.
Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo. ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?
Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres.Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.
—¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito.
El padre, desolado, acompañó al médico afuera.
—A usted se le puede decir: creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá.—¡Sí!... ¡Sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que...?
—En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar detenidamente.
Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente el segundo hijo amanecía idiota.
Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!
Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores.
Mas por encima de su inmensa amargura quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo, abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más.
Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad.
No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores.
Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba.
—Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos—que podrías tener más limpios a los muchachos.
Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.
—Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.
Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:
—De nuestros hijos, ¿me parece?
—Bueno, de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos.
Esta vez Mazzini se expresó claramente:
—¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?
—¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo!... ¡No faltaba más!... —murmuró.
—¿Qué no faltaba más?
—¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir.
Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.
—¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos.
—Como quieras; pero si quieres decir...
—¡Berta!
—¡Como quieras!
Éste fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo.
Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complaciencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza.
Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo. No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear.
Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia. De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.
Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini.
—¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces...?
—Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.
Ella se sonrió, desdeñosa: —¡No, no te creo tanto!
—Ni yo jamás te hubiera creído tanto a ti... ¡tisiquilla!
—¡Qué! ¿Qué dijiste?...
—¡Nada!
—¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú!Mazzini se puso pálido.
—¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías!
—¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!
Mazzini explotó a su vez.
—¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora!
Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto infames fueran los agravios.
Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra.
A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar la frescura de la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación... Rojo... rojo...
—¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.
Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos.
—¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!
Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.
Después de almorzar salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron; pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse enseguida a casa.
Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.
De pronto algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero aun no alcanzaba. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó.
Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más.
Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.—¡Soltáme! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.
—¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó.
—Mamá, ¡ay! Ma. . . —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo.
Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.
—Me parece que te llama—le dijo a Berta.Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Berta iba dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.
—¡Bertita!Nadie respondió.
—¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada.
Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento.
—¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.
Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola:
—¡No entres! ¡No entres!
Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.
Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:
—De nuestros hijos, ¿me parece?
—Bueno, de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos.
Esta vez Mazzini se expresó claramente:
—¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?
—¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo!... ¡No faltaba más!... —murmuró.
—¿Qué no faltaba más?
—¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir.
Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.
—¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos.
—Como quieras; pero si quieres decir...
—¡Berta!
—¡Como quieras!
Éste fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo.
Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complaciencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza.
Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo. No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear.
Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia. De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.
Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini.
—¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces...?
—Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.
Ella se sonrió, desdeñosa: —¡No, no te creo tanto!
—Ni yo jamás te hubiera creído tanto a ti... ¡tisiquilla!
—¡Qué! ¿Qué dijiste?...
—¡Nada!
—¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú!Mazzini se puso pálido.
—¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías!
—¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!
Mazzini explotó a su vez.
—¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora!
Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto infames fueran los agravios.
Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra.
A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar la frescura de la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación... Rojo... rojo...
—¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.
Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos.
—¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!
Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.
Después de almorzar salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron; pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse enseguida a casa.
Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.
De pronto algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero aun no alcanzaba. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó.
Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más.
Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.—¡Soltáme! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.
—¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó.
—Mamá, ¡ay! Ma. . . —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo.
Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.
—Me parece que te llama—le dijo a Berta.Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Berta iba dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.
—¡Bertita!Nadie respondió.
—¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada.
Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento.
—¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.
Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola:
—¡No entres! ¡No entres!
Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.
jueves, 18 de julio de 2013
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